domingo, 1 de abril de 2012

Notas sobre “Los dinosaurios ya no viven aquí”

En junio del 2010 concluí mis estudios en la Escuela de Cine. Fue un verano largo y complicado. Comencé a hacerme preguntas. Preguntas que pasaban por cuestionarme la naturaleza de mi propio trabajo. Poco después; a principios de septiembre para ser exactos; me incorporé al equipo técnico de un largometraje que iba a rodarse durante todo el mes en León.

Durante la primera jornada de trabajo coincidí con Pablo García Canga, segundo ayudante de dirección. Mi trabajo como auxiliar me obligaba a estar en contacto permanente con él. A parte del ayudante de dirección, creo que Pablo fue la primera persona con la que entablé una conversación. Pablo había terminado sus estudios de dirección en La fémis un año antes que yo.

Hablamos de cine y me pasó algunas de las películas de cortometraje que había realizado durante su estancia en Francia. Un western; una peli de fantasmas que dice que le quedo mal pero que a mí me parece muy buena; y una especie de diario del que me gustaría hablar largo y tendido en otra ocasión. “Para Julia” es la película que todos querríamos hacer. Es una película muy apegada a la vida y aparentemente al margen del cine.

Esa vida como cansancio, una vida sobre la que Pablo escribe también en uno de sus textos para Lumière con motivo de una película generacional, “Millenium Mambo”.

“Estamos cansados porque el momento es malo, y lo poco que tenemos, lo tenemos gracias al cine”.

Procuro volver a estas palabras de Pablo. Y miro hacia atrás, revisando su obra, y solo entonces, puedo darme cuenta de que con el cine podemos curarnos del todo. Así que no es justo que escriba de pasada sobre ella. Solo diré que despertó en mí un estimulante camino. La idea de que solo se puede hacer cine desde la fe en el cine. El resto no importa.

Después leí algún guion suyo, y rápidamente entendí que necesitaba su ayuda si quería volver a rodar. De niño cuando me ponía enfermo (o lo fingía) y faltaba días o semanas al colegio, me daba miedo volver a clase. Mi madre solía acompañarme hasta la entrada y soltaba mi mano cuando cruzaba el umbral de la puerta.

Pasaron las tres semanas de rodaje y regresé a Madrid menos angustiado. Con la sensación de que el cine, una vez más, me había salvado la vida.

Luego vinieron los intercambios de relatos; pequeños borradores; notas…

Pero las ideas nunca son suficientes para hacer una película. Y demasiadas complicaciones de producción nos forzaron a que Pablo escribiese algo que pudiésemos rodar con un equipo reducido y pocos medios poniéndonos en el peor de los casos que era el de no encontrar financiación (algo que para nuestra suerte no ha ocurrido).

No sé cómo llegamos al guion original de “Los dinosaurios ya no viven aquí”. No sé cómo se escribe una película, porque las películas no están sujetas a normas de manual y para llegar al tipo de escritura que practica Pablo se necesita otra cosa.

Tenéis que ver sus películas, comprenderéis en seguida a lo que me refiero. A mí me cuesta mucho escribir y aparte es algo que detesto. Eso no quita para que me considere un cineasta con talento.

Lo que a mí me pone es la acción. Me pone mucho encontrar el dinero, localizar, hablar con gente y escribir el guion técnico detallando hasta el exceso cada borde del encuadre.

Y ese movimiento no lo encuentro escribiendo.

Me gusta ejercer un control sobre la película y al mismo tiempo sentir que lo pierdo a mitad del camino. Si tengo la oportunidad me convertiré en un completo megalómano sin miedo al fracaso. El fracaso también me resulta excitante. Aunque creo que más que el fracaso, es la hazaña que supone hacer cine y que deviene inevitablemente en ese fracaso.

Volviendo a Los dinosaurios, recuerdo una conversación tomándonos algo.

Una pareja.

Su perro.

Un coche.

Un viaje de vuelta a casa.

La idea era rodar cuanto antes.

El guion se termina convirtiendo en la excusa para filmar. Pero las cosas nunca son como las planeas y mucho menos en el cine. Levantar un proyecto es difícil y se necesita tener muy buena salud, paciencia, amigos, dinero, suerte y confianza.

Las navidades del 2010 volvían a ser complicadas. La Noche de Reyes y la entrada al 2011 me recordaban que la vida está llena de dolor y sufrimiento.

Las mayores puñaladas te las da la vida. Pero al mismo tiempo mentiría si dijese que la muerte no es el motor principal que me mueve a la hora de hacer una película. Y en aquel momento, la muerte definía un estado general que se extendía mas allá de mi entorno como el fantasma que arrastraba sus cadenas La Noche de Reyes.

Horas antes Pablo me había enviado por email una primera versión de “Los dinosaurios ya no viven aquí”. Juré que conseguiría rodar la película aunque fuese la última. No conozco otra filosofía de trabajo y tampoco me apetece cambiarla.

Es una deuda que tengo con mis muertos, y mis muertos, son también los muertos del cine. Me ha costado asumir que ese fracaso forma parte de la vida, y lo hago con optimismo pensando al mismo tiempo que lo poco que tenemos es gracias al cine.

martes, 12 de julio de 2011

12 de junio de 2011

Un recuerdo,
es la imagen de un sueño.

De una hora demasiado breve,
que no quiere morir.


miércoles, 9 de junio de 2010

El hombre de hielo

(...)Mi calor se ha ido muy lejos; en ocasiones olvido que existió alguna vez. En este sitio soy la persona más solitaria del mundo. Cuando lloro, el hombre de hielo besa mi mejilla y mi llanto se endurece. Toma las lágrimas congeladas y se las lleva a la lengua.
—¿Ves cuánto te amo? —murmura.
Dice la verdad. Pero un viento que sopla desde ninguna parte arrastra sus palabras blancas hacia atrás, rumbo al pasado (...)




martes, 23 de marzo de 2010

El recuerdo de un recuerdo.

Algo termina porque las cosas pesan demasiado como para soportar la cadencia de una mirada, de una voz o de un gesto. Entonces ese instante que ya es presente histórico en nuestra memoria se llena de huecos, de pequeños baches como cuando de pequeños caminábamos hasta tropezar con algo y caíamos al suelo no sabiendo muy bien por qué.

A partir de ahí recordamos las cosas a nuestra manera en un intento frustrado por inscribir el pasado, un acontecimiento, una palabra o un gesto en el presente cotodiano. Así una imagen puede ser el eco de otra imagen, transfigurando las imágenes sucesivas hasta contaminar la visión de nuestra realidad más cercana. Al final el resultado es el de una imagen recuerdo. Y el tiempo caprichoso, adquiere la cadencia de una voz, de un gesto o de una mirada en un instante preciso. La definición del tiempo es por lo tanto la definición de la melancolía; siempre implacable cuando sentimos que está ya inscrita en el presente de lo cotidiano, y siempre avivada ante el esfuerzo de reconstruir nuestra existencia, sistematizando al propio proceso que constituye recordar.

Y los gestos, las miradas son muchas veces los lugares de esos gestos. Y la realidad tan fugitiva como éstos.

domingo, 14 de febrero de 2010

Dos años antes

Me miro y no me reconozco
Vampirizado por mi propia película.

jueves, 17 de diciembre de 2009

Apuntes para memoria y utopía

Despertar en medio de un sueño profundo, y recordar que una imagen es echar de menos un determinado instante, y que los caminos, las gentes son tan fugitivos como los años. Despertar para vivir de nuevo un recuerdo, una mirada, un gesto o aquella película que encierra una verdad compartida por nuestra experiencia. El visionado de un filme se convierte es un aprendizaje más. Y tiene que partir de la experiencia de lo real, y de la fe que se crea a partir de lo real, parafraseando a Victor Erice. Por eso, cuando hacemos una película ponemos en imágenes la consecuencia lógica de nuestra experiencia, y el resultado no es más que una búsqueda sincera de ese conocimiento expresado en imágenes. Cuando terminamos podemos sentir que hemos fracasado, que no hemos indagado lo suficiente en esa búsqueda, que por cierto, no resulta muy agradable en algunos casos. Si el cine es una expresión más de lo real, como un gesto, como un recuerdo, esa imagen puede fijarse en una plano y pervivir para siempre. Lo tiene que hacer de forma calculada sin olvidarnos de lo aleatorio (volviendo a Erice). Y En el equilibrio entre el cálculo (el tamaño de un plano, por ejemplo) y el azar (el gesto de un actor que surge de forma espontánea) está el resultado. A menudo pienso en Ford, un maestro en elaborar primeros planos que conjugan las expresión de lo real con todo lo que el azar implica en ese territorio de lo real.
Hacer cine es como si en la orilla del mar dejásemos la huella de nuestro pie, y las olas no fuesen capaces de borrarla. En cambio, otras veces se hace una película para que algo o alguien nos pertenezca, por ejemplo un personaje que encarna un ser real. Esto tiene que ver con el afán de posesión al fijar en un plano algo que como he dicho, perdura. Es una manera muy autodestructiva de hacer las cosas; pero siento que no hay otra. Y no hay nada peor en esta vida que hacer cine sin llegar a saber la razón real de hacerlo.
Muchas de las películas que he visto en mi vida forman parte de mi experiencia y han sido tan importantes como un lugar o una persona y lógicamente recurro a ellas, las cito sin pudor e intento dialogar como lo hago conmigo mismo porque entiendo que el cine es un diálogo de formas establecidas en un tiempo y nuestra mirada discurre allí mismo donde dejamos la huella en la orilla de la playa para que no se la lleve la corriente. Para que en definitiva, los años no sean tan fugitivos como la memoria.

sábado, 28 de noviembre de 2009