En junio del 2010 concluí mis estudios en la Escuela de Cine. Fue un verano largo y complicado. Comencé a hacerme preguntas. Preguntas que pasaban por cuestionarme la naturaleza de mi propio trabajo. Poco después; a principios de septiembre para ser exactos; me incorporé al equipo técnico de un largometraje que iba a rodarse durante todo el mes en León.
Durante la primera jornada de trabajo coincidí con Pablo García Canga, segundo ayudante de dirección. Mi trabajo como auxiliar me obligaba a estar en contacto permanente con él. A parte del ayudante de dirección, creo que Pablo fue la primera persona con la que entablé una conversación. Pablo había terminado sus estudios de dirección en La fémis un año antes que yo.
Hablamos de cine y me pasó algunas de las películas de cortometraje que había realizado durante su estancia en Francia. Un western; una peli de fantasmas que dice que le quedo mal pero que a mí me parece muy buena; y una especie de diario del que me gustaría hablar largo y tendido en otra ocasión. “Para Julia” es la película que todos querríamos hacer. Es una película muy apegada a la vida y aparentemente al margen del cine.
Esa vida como cansancio, una vida sobre la que Pablo escribe también en uno de sus textos para Lumière con motivo de una película generacional, “Millenium Mambo”.
“Estamos cansados porque el momento es malo, y lo poco que tenemos, lo tenemos gracias al cine”.
Procuro volver a estas palabras de Pablo. Y miro hacia atrás, revisando su obra, y solo entonces, puedo darme cuenta de que con el cine podemos curarnos del todo. Así que no es justo que escriba de pasada sobre ella. Solo diré que despertó en mí un estimulante camino. La idea de que solo se puede hacer cine desde la fe en el cine. El resto no importa.
Después leí algún guion suyo, y rápidamente entendí que necesitaba su ayuda si quería volver a rodar. De niño cuando me ponía enfermo (o lo fingía) y faltaba días o semanas al colegio, me daba miedo volver a clase. Mi madre solía acompañarme hasta la entrada y soltaba mi mano cuando cruzaba el umbral de la puerta.
Pasaron las tres semanas de rodaje y regresé a Madrid menos angustiado. Con la sensación de que el cine, una vez más, me había salvado la vida.
Luego vinieron los intercambios de relatos; pequeños borradores; notas…
Pero las ideas nunca son suficientes para hacer una película. Y demasiadas complicaciones de producción nos forzaron a que Pablo escribiese algo que pudiésemos rodar con un equipo reducido y pocos medios poniéndonos en el peor de los casos que era el de no encontrar financiación (algo que para nuestra suerte no ha ocurrido).
No sé cómo llegamos al guion original de “Los dinosaurios ya no viven aquí”. No sé cómo se escribe una película, porque las películas no están sujetas a normas de manual y para llegar al tipo de escritura que practica Pablo se necesita otra cosa.
Tenéis que ver sus películas, comprenderéis en seguida a lo que me refiero. A mí me cuesta mucho escribir y aparte es algo que detesto. Eso no quita para que me considere un cineasta con talento.
Lo que a mí me pone es la acción. Me pone mucho encontrar el dinero, localizar, hablar con gente y escribir el guion técnico detallando hasta el exceso cada borde del encuadre.
Y ese movimiento no lo encuentro escribiendo.
Me gusta ejercer un control sobre la película y al mismo tiempo sentir que lo pierdo a mitad del camino. Si tengo la oportunidad me convertiré en un completo megalómano sin miedo al fracaso. El fracaso también me resulta excitante. Aunque creo que más que el fracaso, es la hazaña que supone hacer cine y que deviene inevitablemente en ese fracaso.
Volviendo a Los dinosaurios, recuerdo una conversación tomándonos algo.
Una pareja.
Su perro.
Un coche.
Un viaje de vuelta a casa.
La idea era rodar cuanto antes.
El guion se termina convirtiendo en la excusa para filmar. Pero las cosas nunca son como las planeas y mucho menos en el cine. Levantar un proyecto es difícil y se necesita tener muy buena salud, paciencia, amigos, dinero, suerte y confianza.
Las navidades del 2010 volvían a ser complicadas. La Noche de Reyes y la entrada al 2011 me recordaban que la vida está llena de dolor y sufrimiento.
Las mayores puñaladas te las da la vida. Pero al mismo tiempo mentiría si dijese que la muerte no es el motor principal que me mueve a la hora de hacer una película. Y en aquel momento, la muerte definía un estado general que se extendía mas allá de mi entorno como el fantasma que arrastraba sus cadenas La Noche de Reyes.
Horas antes Pablo me había enviado por email una primera versión de “Los dinosaurios ya no viven aquí”. Juré que conseguiría rodar la película aunque fuese la última. No conozco otra filosofía de trabajo y tampoco me apetece cambiarla.
Es una deuda que tengo con mis muertos, y mis muertos, son también los muertos del cine. Me ha costado asumir que ese fracaso forma parte de la vida, y lo hago con optimismo pensando al mismo tiempo que lo poco que tenemos es gracias al cine.
